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Avenida Retail

Studio 54, una fiesta eterna

27 de abril 2022

Tiempo de lectura: 2 minutos

Hace exactamente 45 años la discoteca más famosa del mundo fue inaugurada por un par de emprendedores que tuvieron la visión de crear un lugar sin límites ni inhibiciones y donde los clientes podían ser ellos mismos sin importar absolutamente nada, todo esto al ritmo contagiante de la música disco. Esta es la historia del ascenso y caída del legendario Studio 54.

 

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Una mañana muy fría del jueves 14 de diciembre de 1980, Studio 54 -la discoteca más famosa de Nueva York- había cerrado sus puertas luego de una intensa noche de fiesta, pero hacia su ingreso al local un pelotón de agentes del IRS o Servicio de Impuestos de Estados Unidos, para realizar una auditoría a los libros contables. Allí entre vasos sucios, botellas de whisky vacías, decenas de ceniceros repletos de colillas, restos de cocaína y quaaludes (un poderoso sedante), pudieron detectar un fraude fiscal de entre uno y tres millones de dólares. 

Ian Schrager-1946, uno de los propietarios, con cara de una muy fuerte resaca fue incapaz de poder defenderse frente a las acusaciones de evasión tributaria, y así se iniciaba el principio de la caída de la discoteca más famosa del mundo, un lugar de fabulosa y decadente diversión al cual solo unos cuantos miles lograron ingresar, pero con el que soñaban millones. 

Solo 33 meses estuvo abierta, pero fue suficiente para crear una leyenda eterna -que aún hoy perdura-, y es que Studio 54 era mucho más que un club nocturno, era un refugio de evasión, donde todo era posible; un increíble monumento al hedonismo y al desenfreno de una generación post píldora anticonceptiva previa al sida y que durante unas horas cada noche, en lo que antes había sido un teatro (construido en 1927), vivía sin límites una fiesta de sexo, droga y música disco.

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Realeza, millonarios, celebrities, cantantes, actores, modelos, gays, travestis y beautiful people se mezclaban en la pista de baile al ritmo de Gloria Gaynor, o de Earth Wind and Fire, sin diferencias, en una  hermandad provocada por el alcohol, las drogas y el deseo de por lo menos durante unas horas vivir sin límites. 

Studio 54 fue el lugar de reunión favorito de íconos como Liza Minelli-1946, Andy Warhol (1928-1987), Elizabeth Taylor (1932-2011), Halston (1932-1990), Bianca Jagger-1945, Calvin Klein-1942,   -inclusive el pintor Salvador Dalí (1904-1989) la visitó alguna vez- donde brillaban como lo que eran, pero también aprovechaban para perderse en la oscuridad que ocasionalmente era iluminada por las inmensas bolas de espejos o el brillo efímero de la escarcha.

El éxito de Studio 54 rebasaba la fronteras físicas de la discoteca, ya que en el exterior se empezaba a crear la leyenda, y esto debido a que no todos podían entrar. El ingreso era decidido por Marc Benecke, que en esa puerta era lo más parecido a un Dios, con todo el poder de aceptar o rechazar a los cientos de comunes mortales que esperaban que se les concediera el boleto dorado a ese mundo fascinante. Muchos esperaban por horas y regresaban a sus casas derrotados, sabiendo que solo una puerta los separaba del mismísimo cielo.

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Benecke sabía perfectamente a quien dejaba entrar y a quién no, evidentemente la belleza y la fama se convertían en pasaportes asegurados, pero también aquéllos que llegaban con un look diferente, glamoroso, o excéntrico. La idea era convertir la pista de baile en un calidoscopio de gente diferente, modelos hermosísimas bailando al costado de por ejemplo una muy exagerada travesti, o de un hombre en ropa interior, todo esto ayudaba a crear  este ambiente particular de decadencia y excesos. 

Uno de los socios de la discoteca, le contó al escritor Anthony Haden-Guest-1937 que escribió The Last Party-2009, que un chico por tratar de entrar a Studio 54 quedó atascado en un respiradero y murió. “Durante días olía como si un animal hubiera muerto, luego descubrimos el cuerpo, el chico llevaba corbata negra…fue terrible”“La gente bajaba del edificio de al lado con un equipo completo para escalar, con la finalidad de poder entrar…era una locura”.

 

El legendario Benecke en una entrevista a la BBC declaró que en Nueva York se podían  comprar mapas de como acceder a la discoteca a través del sistema de Metro de la ciudad, y no fueron pocos los que lo intentaron, perdiéndose en túneles infestados de ratas, y es que nada era poco para lograr entrar.

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Pero antes de este desenfreno hay una historia legítima de emprendimiento, protagonizada por Steve Rubell (1943-1989) e Ian Schrager-1946. Ambos se conocieron en la universidad: el primero era fascinantemente divertido, el segundo, un muy correcto estudiante de derecho a pocos meses de graduarse. A pesar de ser diferentes se hicieron muy amigos y juntos decidieron abrir un club nocturno llamado Palladium, el cual fue un fracaso, pero les dejó una lección clarísima: “para triunfar en el mundo del entretenimiento se tenía que ofrecer a los clientes lo inesperado” y eso fue lo que hicieron cuando alquilaron un viejo teatro de la calle 54 y lo convirtieron en Studio 54, un lugar sin normas, donde la gente podía ser lo que quisiera ser.

Las desenfrenadas discotecas gays de Nueva York de finales de los setenta sirvieron de inspiración para el concepto, pero había que darle glamour a la decadencia y lo consiguieron invitando a celebrities, pero también a los diseñadores y peluqueros más influyentes de la ciudad, que llegaron acompañados por sus espectaculares y bellísimas clientas/amigas; al poco tiempo los heterosexuales hicieron su aparición, era el mejor lugar de la ciudad para “ligar”.

El día de la inauguración era tanta la gente que deseaba entrar que las colas —más bien una muchedumbre— bloqueó la calle 54. La seguridad de la discoteca tuvo que salir a contener a la masa y así desde el primer día Studio 54 logró las portadas de los principales diarios de la ciudad.

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La fama de este nuevo club nocturno atrajo la atención de las celebridades como si se tratara de abejas a un panal, y es que se sentían muy cómodas en un espacio protegido donde gente de todas las tendencias sexuales, razas y edades daba rienda suelta a sus deseos. Fue famosa por ejemplo una pequeña abogada de 77 años llamada Sally Lippman (1900-1978) que al enviudar descubrió la discoteca y acudía todas las noches con pantalones ajustados y zapatillas altas, tanta fue su fama que se convirtió en Disco Sally, una literal estrella que al final murió por una sobredosis de cocaína, pero nadie puede negar que no la pasó bien.

 

El éxito de la discoteca era colosal, sus fiestas temáticas legendarias, y hasta el día de hoy nadie olvida el día que por ejemplo Bianca Jagger hizo su ingreso montada en un caballo, o la fiesta del cumpleaños de Elizabeth Taylor, que para muchos fue la celebración más espectacular jamás realizada. Esa noche las Rockettes actuaron y luego hizo su aparición la estrella de cine sobre una carroza de gardenias acompañada de su esposo en ese momento, el senador del estado de Virginia, John Warner (1927-2021), y su íntimo amigo el diseñador Halston, con un pastel que era un retrato a tamaño real de ella. 

 

Los propietarios vivían en un mundo de fantasía, era tanto el dinero que se acumulaba noche tras noche que lo tenían que guardar en bolsas plásticas, la sensación de poderío e impunidad era inmensa. Se creían intocables, y eso fue lo que ocasionó su estrepitosa caída, ya que se descubrió que casi tres millones de los ingresos del club nunca fueron declarados, lo cual fue el pretexto prefecto para lograr su cierre, ya que además del fraude tributario el gobierno no miraba con buenos ojos el mundo de libertinaje de alcohol, drogas y sexo libre creado por Studio 54.

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La caída de Studio 54 coincidió justo con la aparición del Sida, que afectó inicialmente a la comunidad homosexual y que de alguna manera marcó un antes y un después a la vida nocturna de Nueva York. Fueron muchos los clientes de Studio 54 que murieron de esta enfermedad, para citar algunos, el genial Andy Warhol y el diseñador, y también uno de los fundadores, Steve Rubbel que falleció de “complicaciones hepáticas” en 1989. 

 

La última fiesta en Studio 54 ocurrió en febrero de 1980 y fue llamada “El final de la Gomorra moderna” allí estuvieron Diana Ross-1944 -quién fue la última en cantar- , Ryan O´Neal-1941, Jack Nicholson-1937, Richard Gere-1949 y Sylvester Stallone-1946 que cuentan tomó el último trago de la noche. 

 

El cierre de Studio 54 no destruyó a la discoteca, por el contrario su caída contribuyó a crear un mito, donde al ritmo de la música disco no habían límites ni inhibiciones y donde siempre se podía cantar I Will Survive

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